Ahí estaba ella, sentada en el mismo banco de siempre, a la misma hora, en una tarde de otoño en la que las hojas caían, dejando a los árboles desnudos. Cada tarde recorría el mismo camino por el parque hasta llegar a su asiento habitual y, como de costumbre, cuando el frío llegaba, ella vestía el mismo abrigo, bufanda y gorro desde hacía años. Mientras estaba sentada, comenzó a pensar en la vida, lo que le había ocurrido y en cómo cambiaban las cosas en menos de un segundo. Se sentía feliz. No tenía la necesidad de imaginar de qué otra manera hubiera sido su vida si hubiese actuado de forma diferente. Tras meditar mirando sus arrugadas manos a causa del tiempo, levantó la mirada, miró a su izquierda y, sin esforzarse, se le formó una reluciente sonrisa en el rostro. Tenía a su lado a la persona por la que no quería cambiar ni un solo segundo de su vida. Esa persona que, tras 60 años, seguía recorriendo el camino por el parque hasta ese viejo banco, cogiéndole la mano.
Me encanta.
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