Era un viaje tranquilo en el tren, iba con sus cascos puestos, moviendo sus labios fingiendo que cantaba. Tenía la mirada fija en la ventana aunque su cabeza estaba en otra parte. La gente entraba y salía a toda prisa del vagón. Ella no se molestaba en quitar los pies, ni en recoger todos sus libros que ocupaban los asientos de su alrededor. No le gustaba tener gente desconocida cerca. Muchos decían que era una antisocial, ella simplemente opinaba que le gustaba tener intimidad. ¿Por qué debía apetecerle tener delante unos ojos curiosos que juzgasen su forma de vestir o su pelo de color chillón?
El tren continuaba vaciándose y llenándose en cada parada. Ninguna estación llamaba su atención, simplemente significaban dos minutos más de retraso hasta llegar a su casa. Pero eso no era del todo cierto. No se dio cuenta de que no todas las paradas eran irrelevantes hasta que su ventanilla quedó justo en frente del nombre de cierta estación. De repente, al igual que si le hubiese caído agua fría encima, quedó congelada, se comenzaron a amontonar todos los recuerdos en su cabeza, todas las palabras, los besos, abrazos, todo aquello que se había obligado a borrar de su mente sin éxito.
En cuantísimos momentos se habían despedido en aquella misma marquesina con un fugaz beso mientras las puertas del vagón se cerraban… Nada de eso importaba ya… era hora de pasar página, o al menos eso era lo que se había repetido unas quinientas mil millones de veces.
No pudo evitar buscarle con la mirada entre todas las caras desconocidas que se iban acomodando en los asientos libres. Como era de esperar, aunque no por ello menos decepcionante, no logró encontrar a quien buscaba. Se había imaginado innumerables veces un encontronazo inesperado, lo había planeado tantísimas veces... Cómo reaccionaría ella, qué repondería él, todo lo que se dirían sin hablar… quizá por eso todavía no lo había vuelto a ver… porque las cosas nunca ocurren cuando las esperas…
Se repetía una y otra vez que él seguramente estaría ya con otra, que después de tanto tiempo era imposible que sintiera lo más mínimo por ella porque, al fin y al cabo, ¿cómo iba a echarla de menos después de tantos días sin saber el uno del otro? Se imaginaba que él era infinitamente más inteligente que ella como para darse cuenta de eso y olvidarse de ella. Sin embargo, de forma inexplicable, ella sabía que la historia no acaba ahí, que su final no había sido el que su relación se merecía. De alguna manera sabía que los dos habían cambiado lo suficiente como para que lo suyo funcionara y que en un futuro lo haría.
Estaba tan sumergida en sus pensamientos que se asustó cuando las luces se apagaron anunciando el final de trayecto del tren, su parada. Cuando al fin despertó de su ensimismamiento, comenzó a recoger sus cosas a toda prisa y salió de un salto por las puertas metálicas. Tras tranquilizarse y tomar aliento por la carrera, su maldito cerebro masoquista trató de retomar los pensamientos que había recorrido durante el viaje, pero ella se negó en rotundo. Se colocó los cascos, que se habían desprendido de sus orejas a causa del ajetreo, y se centró en la música más estruendosa que pudo encontrar en su MP3. Sabía que no podría evitar esas ideas que le atormentaban por mucho tiempo porque, como todo el mundo sabe, los fantasmas siempre aparecen en la noche.
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